Ideas que salvan vidas

¿Qué nuevo producto lanzamos al mercado? Esta es la pregunta que los departamentos de marketing y de I+D se están haciendo casi permanentemente. La respuesta no es ni mucho menos sencilla, aunque sabemos que al menos debe contener un número: las ventas esperadas. Sin expectativa de demanda, no habrá nuevo producto.

Esto nos lleva a pensar cuántas ideas buenas se han quedado guardadas en algún cajón, porque se consideró que no tenían viabilidad comercial. Probablemente haya millones de ideas, patentadas o no, que no llegaron a ver nunca la luz.

Pero, ¿y si una de esas ideas sin viabilidad hubiera salvado la vida de muchas personas? Siguiendo la ley de la oferta y la demanda, si las empresas no prevén un cierto nivel de demanda no invertirán en el nuevo producto, así de simple.

Esto quiere decir que en cierto sentido dependemos de la evaluación que realicen las empresas y, en última instancia, de la demanda que genere el propio invento.

Expongamos el problema con un ejemplo que nos aporte la perspectiva temporal. El ejemplo del airbag nos muestra cómo funciona la evaluación de las ideas por parte de las empresas y cómo se genera demanda de un producto relacionado con la seguridad.

En 1951 un tal señor Hetrick lo patentó, pero ningún fabricante le prestó atención. Veinte años más tarde se instaló en algunas unidades, pero en 1977 General Motors lo abandonó por falta de interés por parte de los consumidores. La baja percepción del riesgo por parte de los conductores no les motivaba a pagar por ello. Recordemos que hasta hace relativamente poco no se solían utilizar ni siquiera los cinturones de seguridad.

Hoy día está demostrado que el airbag evita aproximadamente un 14% de muertes en conductores y un 11% de daños en pasajeros. Si atendemos a los datos que publicó en 2015 la OMS, cada año mueren 1,3 millones de personas en las carreteras de todo el mundo, por lo que podríamos decir sin temor a equivocarnos, que varios millones de muertes se hubieran evitado durante los 50 años que se tardó en convertir el airbag en un requerimiento obligatorio para todos los vehículos. Es decir cincuenta años para generar, de forma inducida a través de normas legales, la demanda de un producto de altísimo interés público.

Aunque solo sea por el coste económico de estas millones de muertes, ¿no deberíamos plantear un sistema alternativo para la evaluación de aquellas innovaciones que tengan utilidad pública? Sería interesante reflexionar sobre la creación de un sistema de patentes de utilidad pública que evite que ideas que por ejemplo aumentan la seguridad de usuarios o trabajadores queden relegadas por falta de viabilidad comercial.

El inventor solicitaría una declaración de utilidad pública para su idea y el organismo correspondiente la aprobaría o rechazaría y en su caso impulsaría su desarrollo. Al cabo del tiempo, mediante normativa específica, se incluiría como dispositivo obligatorio y así se generaría, de manera inducida, la demanda necesaria en el mercado.

Para la viabilidad de una solución, las economías de escala son importantes, por lo que es conveniente que este sistema de patentes de utilidad pública tenga una dimensión internacional, sobre todo en sectores que no tengan una incidencia muy elevada en cuanto número de accidentes.

Un ejemplo de un sector con una accidentabilidad muy baja es el de ascensores, aunque no por ello la seguridad es menos preocupante. Las normativas tienden a identificar riesgos y proponer medidas que los eliminen. Obligar a situar mandos de inspección en el foso del hueco del ascensor probablemente evite el riesgo de aplastamiento para los trabajadores que trabajan en el foso, pero ¿existe otro sistema que no haga necesaria ni siquiera la activación del pulsador de stop por parte del trabajador? ¿O quizás existe la idea pero ha sido rechazada por falta de viabilidad comercial?

¿Es la seguridad, frente al resto de atributos del producto, solo una condición indispensable, pero no un fin en sí mismo que motive suficientemente los procesos de innovación?.

Recientemente, en un encuentro de expertos en seguridad y salud laboral, se presentó un dispositivo patentado que puede evitar muertes por descargas eléctricas. ¿Encontrará su inventor un socio industrial para el desarrollo de la patente?.

Y si no lo encuentra, ¿llegará el día en que este inventor pueda acudir a un organismo, guiado por la utilidad pública y no por la lógica comercial, que aporte los medios para lanzar productos que puedan salvar vidas?.

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