
Desde la creación de este blog hace ya casi una década, defiendo que las condiciones comerciales que practican las empresas en su día a día tienen un impacto enorme en la sociedad.
Habitualmente, aunque menos de lo que debería, comentamos las consecuencias de las bajadas de precio. El precio de un producto o servicio tiene un impacto más allá de los beneficios de la empresa que lo comercializa. En efecto, la generalización de cotizar precios a la baja afecta al nivel de nuestros salarios y, casi sin quererlo, corremos el riesgo de convertir la sociedad en la que vivimos en una sociedad “barata”.
Entre todos, e incluyo a muchas administraciones públicas cuyos concursos privilegian el precio como criterio principal, perpetuamos una cultura económica con una inclinación casi endémica hacia la rebaja de precios, y poca hacia la creación de mayor valor añadido.
Si de los peligros de las malas políticas de precios se habla, aunque, como decimos, menos de lo que se debería, apenas nadie habla de otra condición comercial con un impacto similar en nuestras vidas: los plazos de entrega. Las malas decisiones de precio afectan a la riqueza y las malas decisiones sobre el plazo de entrega afectan a nuestra calidad de vida.
Si los bajos precios nos empobrecen, los plazos de entrega reducidos nos estresan, más allá de lo razonable, a las personas que participamos a lo largo de la cadena de producción e, indirectamente, a quienes conviven con nosotros. Y la exposición es masiva: según la Agencia Europea para la Seguridad y la Salud en el Trabajo (EU-OSHA), más del 40 % de los trabajadores declara sufrir presión temporal severa, el factor que, entre todos los riesgos psicosociales, muestra la relación más fuerte con el deterioro de la salud mental (OSH Pulse 2025).
Las consecuencias humanas son conocidas por todos: absentismo, trabajadores medicados, abandonos, accidentes laborales y, en lo operativo, más errores, peor calidad. Por tanto, los plazos de entrega tienen efectos negativos en la seguridad y la salud mental e, indirectamente, en la salud económica de las propias empresas que compiten con plazos de entrega difíciles y, a veces, imposibles.
Aun así, muchos comerciales, con el apoyo o la tolerancia de sus directivos, siguen jugando con los plazos como arma comercial para no perder el pedido.
En los comienzos de mi carrera profesional, durante una visita a una empresa noruega, ofrecí un catálogo de productos a un precio supercompetitivo para esas latitudes. Cuando, ante una pregunta del cliente, respondí que el plazo de entrega era de quince días, la responsable que me atendía se levantó de la silla y dio por concluida la reunión. Nunca compraría de un fabricante con esas condiciones de venta. Para aquella empresa, un plazo así era la prueba de un proveedor que tenía una baja calidad o que exprimía a su gente.
Poco después, me trasladé con mi familia a los Países Bajos para ampliar el mercado. Me impactó profundamente ver que casi todas las empresas que visitaba tenían un ambiente cordial y se percibía una buena planificación. Como consecuencia, a las cinco de la tarde se vaciaban las oficinas hasta el día siguiente.
Cuando el plazo de entrega estándar de un ascensor era de dos meses en España, en los Países Bajos no bajaba de nueve meses. Lo mismo pasaba en países nórdicos. La cultura económica de estos países no toleraba negociar a costa del bienestar de sus empleados, que, al final, es el bienestar de sus familias y de toda la sociedad.
Treinta años después, la situación, aparte de automatizaciones de procesos más que bienvenidas, no ha cambiado demasiado y en algunos países seguimos pegándonos tiros en el pie. ¿Hasta cuándo? Hasta que todos, muy especialmente los directivos tanto de empresas vendedoras como de compradoras, tomemos conciencia del impacto que tiene competir a cualquier precio o a cualquier plazo.
El pasado sábado tuve la última revisión de uno de los proyectos que se están elaborando en el VentureLab del programa MBArch del IE School of Architecture and Design. El grupo de alumnos de este proyecto trabaja en una interesante propuesta para monitorizar el nivel de estrés de los arquitectos que trabajan en estudios medianos y grandes. La iniciativa en sí refleja que el problema no se ha solucionado. Los datos que aportaron sobre las consecuencias de trabajar con sobrecarga son para detenernos y hacérnoslo mirar.
Mientras tanto, los que pensamos que la cultura de una organización o de una sociedad puede cambiar a través de la educación y la divulgación seguiremos aportando nuestro grano de arena. Muy pronto, anunciaré una nueva contribución: mi primer libro en el que hablo de estos temas y otros relacionados con la gestión de organizaciones.



