Deconstruyendo la cultura organizacional

Se habla mucho de cultura y buena prueba de ello es que la frase “la cultura se come la estrategia en el desayuno” circula por el mundo corporativo desde hace décadas, pero la realidad es que, en los estudios de dirección de empresas, los conocimientos relacionados con ella se esconden de manera fragmentada detrás de las grandes disciplinas empresariales, como estrategia, marketing, operaciones o gestión de personas. Incluso el estándar internacional por excelencia, la norma ISO 9001:2015, menciona la cultura una sola vez sin llegar a definirla. 

Al igual que la nueva versión de la ISO 9001 parece que dedicará más atención a este tema, creemos que hay margen de mejora en la comprensión y la enseñanza de la cultura.

Por ello, de los siete capítulos que componen el ensayo “Cantando bajo el diluvio” y que estructuran nuestro método integral de gestión, el primero está dedicado a la Cultura. El capítulo incluye varias herramientas, entre otras, los elementos de la cultura.

El primer elemento clave es el propósito, que definimos como el alma de la organización.

Después viene la definición de la cultura según Simon Sinek, popular en el mundo corporativo: 

cultura = valores x comportamiento 

A continuación, incluimos un factor clave que es el lenguaje común de la organización, cuya trascendencia conocemos bien quienes, por ejemplo, crecimos en el modelo IMI de Valentín de Madariaga y Oya.

La cultura habita en el lenguaje y también en los espacios físicos o virtuales y en el ambiente que se respira en la organización. Los buenos arquitectos e interioristas influyen poderosamente en la cultura que queramos implantar.

Por otro lado, el fundador o los fundadores de la compañía comenzaron creando una cultura que se transmite por la tradición oral, al igual que ocurría con las historias literarias y los mitos. Con el tiempo, los miembros de la organización las reinterpretan e incluso crean nuevas historias y mitos que muestran el camino a quienes se van incorporando.

Otros elementos clave de gran impacto son los reconocimientos, gasolina para la motivación de todos, y las recompensas, siempre que estén bien diseñadas y gestionadas.

Por último, el elemento que me atrevería a decir que es el más importante de todos: el afecto humano. En los primeros años de mi vida profesional tuve a un buen maestro en esta materia, Antonio García de Alvear, que gestionaba no gracias a grandes sistemas y procedimientos, sino al afecto que de verdad sentía por todas las personas que estaban a su alrededor. “José María, sin afecto no hay equipo ni hay nada” eran sus palabras, cuya profundidad solo he entendido de verdad con el paso de los años.

Como escribo en “Cantando bajo el diluvio”, el afecto, lejos de contradecir la profesionalidad, la refuerza, porque opera en el plano más sutil, el de las relaciones interpersonales profundas, el de la confianza emocional, el de lo que sostiene la colaboración cuando no hay estructura ni directrices que la impongan.

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